Newcastle United: Lo que el dinero nunca quiso comprar

El humilde equipo que conocimos por Santi Muñez, hoy puede ser la antítesis de los valores que lo fundaron.


La historia del fútbol inglés, así como su mística, se sustenta enteramente en un pasado caótico. En ciudades como Londres, Manchester o Liverpool se veían cotidianamente a grupos de jóvenes enfrentándose entre ellos.


Tal como lo precisó Fernanda Solórzano en su libro Misterios de la Sala Oscura, el “football” fungió como un alivio a los problemas de violencia y pandillas en todo el país. Los conflictos se parcharon con una actividad lúdica que unió ideologías opuestas.


En 1889, en la ciudad de Newcastle upon Tyne, había dos escuadras futboleras: East End y West End, los cuales se enfrascaron en una rivalidad hasta que su presupuesto de mil libras los obligó a unirse y crear lo que hoy se conoce como Newcastle United Football Club.


Poco, o nada, queda de los orígenes del deporte. Atrás quedaron los valores fundacionales de los equipos. Los escudos cambian y algunos se mantienen a pesar de los años. Esos presupuestos de mil libras quedaron rebasados y los que fueron grandes, ya no lo son. Las historias se convirtieron en marcas.


El fútbol se convirtió en una industria como cualquier otra, los que tienen capital prosperan y los que tienen historia deben buscar una gallina dorada o se quedarán relegados en los últimos puestos de una tabla que nada tiene que ver con la pelota.


Newcastle es un caso perfecto para ejemplificar lo que quiero decir: cuatro títulos de liga y una hegemonía en FA Cup hasta la década de los años 50 lo colocan como uno de los clubes con mayor tradición de Inglaterra, luego vino el dinero y los descensos.


El equipo del uniforme blanco y negro ganó su último título de liga en 1927, cuando se veía imposible que Manchester City o Chelsea pudieran ser los gigantes ingleses. En contraparte a ese crecimiento, Newcastle se conformó con la posibilidad de ir a Europa.


El destino de un equipo de tradición parecía atado a los ascensos y descensos. ¿Es de sorprender que el 7 de octubre de 2021 sea un día histórico para la institución?, ¿podríamos culpar a los aficionados de un equipo que fue adquirido por el dueño más rico del mundo?


Por años hemos criticado a instituciones como Paris Saint Germain por sustentar su éxito a base de billetazos, pero si el sistema se mueve a la derecha, el tonto es quien sigue girando hacia el lado contrario. Hoy, Newcastle tiene las de ganar, piensa en trofeos.


No por un proceso, sino porque a la ciudad llegó Mohammed bin Salaman y una fortuna de más de 300 mil millones de dólares. Las mil libras de West End se transformaron en la posibilidad de tener un equipo campeón, un séptimo en discordia en el Big Six.


En un futuro no muy lejano, los hipocampos tendrán un equipo competitivo, pelearán títulos, estarán en Champions League y se verán las caras con los equipos que siempre los miraron despectivamente. Nosotros, por nuestra parte, desestimaremos.


Cuestionaremos: ¿quiénes son estos para faltarle al respeto a los monstruos? Serán, nada más y nada menos, los que nacieron con el fútbol mismo y saben lo que es tragar tierra; serán los aficionados que se mantuvieron en la butaca aún en segunda división.


La razón de nuestro enojo es porque ahora hay otro monstruo adinerado y no somos nosotros. Cuando Leicester City abofeteó a los gigantes, celebramos como iguales, porque ese equipo parecía humilde. Ignorábamos que también hubo una inversión.


Los zorros fueron campeones con una nómina humilde, pero no insignificante. Lo que nos salta a los oídos es la riqueza obscena de su dueño. ¿Cómo es que una persona puede tener tanto dinero?, ¿a quién mató para gozar de tantos millones?


La fortuna de otro jeque en el negocio nos obliga a pensar en un tope presupuestal, en el insípido fair play finaciero, en todas esas medidas inservibles para que el juego sea más justo y no esté monopolizado por unos cuantos. Al final, sólo nosotros sabemos qué merecemos y lo que recibiremos a cambio.


Nos llama a pensar en cuántos equipos pueden ser campeones en realidad, en cuáles son los objetivos de los empresarios: vender millones de playeras con un nombre en la espalda. El nivel futbolístico es lo de menos mientras un sólo estadio sea destino turístico.


Lejos está la actividad lúdica que reunía a personas alrededor de un balón, y está bien, no podemos ser de los que piensan que las cosas deben ser como siempre fueron, porque eso nos cegará de los cambios y la evolución.


El fútbol es una metáfora de la vida: a veces estás abajo, a veces estás arriba. Al estar abajo se le escupe a los de arriba, estando arriba no se entiende por qué caen los escupitajos desde abajo. Algunos nunca estarán abajo, otros soñarán con la cima.


Newcastle es lo que el dinero nunca quiso comprar, pero en un accidente industrial, alguien volteó los ojos y ahora voltearemos la mirada a uno de los rincones históricos del deporte. ¿Por qué? Porque los billetes así lo decidieron y la pelota sólo seguirá la corriente.


En unos años veremos al uniforme de las urracas en los equipos de los llanos, a hinchas del Newcastle en los barrios sin esperanza. Voltearemos la mirada al pasado y nos preguntaremos en qué momento seremos comprados por los petrodólares.


¿Cuándo seremos el eslabón perdido de lo que el dinero nunca quiso comprar?



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